La gran diferencia entre las mitologías primitivas y el mundo de Cien años de soledad es que para aquéllos todo mundo inicia con el no-mundo; el espacio indeterminado de los dioses. En la obra de García Márquez, en cambio, el génesis está marcado por el hombre mismo. Lo más notable es que estos hombres no aparecen de la nada; el pasado que llevan a cuestas nace con ellos; el fantasma de Prudencio Aguilar, el asalto a Riohacha, la bestia con cola de puerco, el viaje iniciático por la selva… La ranchería de donde Ursula, José Arcadio y los otros pioneros parten para fundar Macondo es un espacio desconocido, casi ilusorio. Es el tiempo fuera del tiempo que aparece en el mito. La existencia propiamente dicha inicia con la pareja original; con el incesto de aquellos nacidos del mismo polvo (Adán y Eva) que habrán de heredar su maldición a toda su estirpe; la soledad.
La imaginación popular atribuye a los hermanos un destino singular, casi diríamos que mágico; gran parte de las mitologías tiene la figura de los hermanos que separan sus destinos y que no pocas veces se hacen antagonistas; Rómulo y Remo, Caín y Abel, los mitos africanos… Aureliano y José Arcadio (como ignorar la similitud fónica de los nombres) al principio son casi indistinguibles, tan es así que se establece entre ellos un pacto secreto, una unión en donde lo que vive uno es parte del otro. Las diferencias, sin embargo, no tardan en hacerse manifiestas; el destino del mayor es el desenfreno, la bestialidad de la carne representado en su sexualidad portentosa; especie de Príapo domado. Aureliano, en cambio entra en los laberintos de la melancolía, de la poesía secreta, del deseo en soledad; finalmente, a la sangre y al orgullo. Su figura es una de las más entrañables; es el visionario y el guerrero desencantado; el de la mirada furiosa y el llanto en perpetuo abandono.
Amaranta y Rebeca –que no es realmente una Buendía- establecen una relación similar, pero aquello que las separa no es sólo el carácter sino una obsesión. Porque tanto la pasión desaforada de Rebeca como el silencioso desdén de Amaranta no son sino obsesiones en torno a Pietro Crespi. Ese antagonismo no tarda en convertirse en un odio amargo que se llevarán a la tumba.
La sexualidad que aparece en Cien años de soledad es siempre (o casi siempre, habrá que retomar esto más adelante) una potencia desaforada, nocturna. Los hombres viven el cuerpo como una maldición; las pasiones excesivas de Aureliano y Petra Cotes; la amargura del deseo en Amaranta; el furor de José Arcadio y Rebeca; los tristes amores del coronel Aureliano Buendía… Los destinos paralelos de Úrsula y Pilar Ternera son ilustrativos; la primera,
Los mitos genésicos recuerdan en la pareja original un pecado, de ahí el nacimiento del sufrimiento humano. Esta falta establece una maldición para los descendientes, una condena. La mayor parte de las tradiciones coinciden en que la condenación del género humano es la muerte. Yo me atrevería a decir; la conciencia de la muerte. No es casual que la condena, en la tradición judeocristiana, haya sobrevenido después de comer del Árbol de
Es esa la maldición que aparece en la dinastía de los Buendía; la soledad. Pero quiero que ser claro; toda la novela es, en cierta forma, búsqueda de una verdad; del otro que les ha sido vedado. Esta persecución se concreta en las emociones. Toda la novela es una historia de las pasiones humanas; la alegría, la rabia, la amargura, la lujuria… Una búsqueda de aquello que perdieron; el amor. Una búsqueda vana, pero majestuosa. La realidad como un futuro imposible. El carácter infructuoso de la odisea de los Buendía no se debe a su proceder –como ocurriría en la novela canónica- sino a un destino –pero un destino construido-, a la marca de la soledad. No será sino hasta el final de la estirpe cuando el amor nazca. La paradoja, y lo que hace a Cien años de soledad una novela tan devastadora es que ese amor marca también el final de la dinastía; el soberbio canto del cisne, la culminación trágica y magnífica de ese largo camino por las pasiones. Las páginas escritas por Melquíades –que son la novela misma- dicen la verdad cuando indican que Macondo es la ciudad de los espejos (o los espejismos). No creo errar cuando señalo que Macondo es ambas cosas; espejo y espejismo.
Ya que he mencionado a Melquíades, quiero llamar la atención sobre este personaje; al término de la novela nos damos cuenta de que las hojas que había escrito eran, en realidad, la novela misma; revelación que culmina con el fin de Macondo. No creo que el gitano sea un profeta, un visionario, o no sólo eso; Melquíades aparece como el demiurgo, aquél que recrea al mundo. En la iconografía cristiana (sobre todo para la herejía cátara) este demiurgo está identificado con Satanás.
Todo esto para preguntar, ¿cuál es el dios que establece el destino en Cien años de soledad? No Melquíades, por supuesto; el demiurgo es, en todo caso, un peón, un enviado; Satanás es, quién lo duda, ángel de la divinidad. El dios que José Arcadio buscó con tanta pasión, el dios que durante toda la novela se oculta (y que de hecho es un presencia fantasma, casi desconocida) es el lenguaje mismo. Nada de esto es nuevo; para las religiones animistas el mundo nace porque se pronuncia; la palabra crea de nuevo el universo; la tradición judeocristiana tiene la idea genial de atribuirle la creación al verbo mismo,
La palabra, en las sociedades animistas, habla de un pasado remoto, pero al nombrarlo, lo hace nacer de nuevo. El mundo existe por la palabra. La realidad que crea la palabra mítica puede ser inaccesible para la razón, pero no para la intuición del oyente; esa realidad se está presentando nuevamente. Lo que en otras condiciones podría parecer inverosímil ya no lo es puesto que está naciendo a cada instante. No sólo eso; la palabra (que sale de la boca del cantor, pero que no le pertenece a él propiamente) habla de una realidad que, aunque fantástica, estaba ya presente; los mitos, de hecho, tienen una realidad más concreta que el mundo cotidiano porque están en el hombre desde el principio.
Es por eso que el mundo que aparece en Cien años de soledad no nos parece ajeno, al contrario; su realidad pareciera más vívida, más tangible, que la de todos los días; ese mundo ya estaba en todos. Cada vez que leemos la novela los personajes cobran vida; nacen. Al igual que en la esfera del mito de las sociedades animistas, aquello que ya aconteció, sucede de nuevo en el mismo momento de ser dicho. Y es que el universo que aparece en Cien años de soledad nace a través de la palabra; una vez más –como en la poesía- no hay barreras entre el mundo y lo escrito. Porque el tiempo original es el presente; el tiempo indefinido de los mitos está fuera de la historia porque encarna en el presente.
