sábado, 9 de enero de 2010
Sobre lo erótico en la poesía 1 (Sade y las máquinas)
Para muchos, toda la literatura erótica remite a Sade. Cuando más tendrán nociones de Bataille, García Ponce, Jean Genet, Henry Miller y Anais Nin. La literatura erótica se escribe en prosa.
Sade en realidad, mucho se ha escrito al respecto, dista mucho de ser un autor erótico: es una máquina racional que creó una moral al revés. Sus episodios brillan por la ausencia de pasión y deseo. Los seres humanos que aparecen en sus novelas son fuerzas de la naturaleza o simples objetos; en todo caso sus personajes no tienen rostro: son conceptos personíficados. Su literatura es un catálogo de alegorías; una demostración mecánica de sus conceptos. A su lado las marometas y ensayos propias del naturalismo y sus desvaríos mecanicistas palidecen.
El mundo de Sade ha sido interpretado como la perfecta libertad. En efecto, en las páginas de este autor parece que nada es tabú: de página en página asistimos a escenas de sodomía, bestialismo, herejías, sadomasoquismo... Todas las "perversiones" sexuales posibles se muestran sin apenas escándalo ni delectación. Las escenas se suceden con un estilo llano y gráfico.
El estilo naturalista de Sade en estos episodios, empero, no remite en absoluto al deseo, a la fantasía o a la libertad. Remite al lenguaje científico o filosófico propio del siglo de las luces: la objetividad de un experimento, la meticulosidad descriptiva de un desarrollo de premisas. Al leer las páginas de Sade pienso inmediatamente en un tratado de zoología o en esas películas pornográficas donde hembras neumáticas y "ardientes" parecen entrar en brama cada que aparece un macho de la especie (a veces de especies distintas)... Con una salvedad: Sade además de todo es filósofo y moralista.
Sade es un filósofo, es cierto, pero su filosofía es ante todo una ética. Toda su preocupación gira en torno a un mundo de valores surgidos del judeocristianismo. Su demolicion de los valores es en realidad la instauración de una moral igual de artificial que la que supuestamente derriba. A saber: derriba unos valores para exaltar los contrarios: unos valores que sólo tienen sentido en un mundo donde la idea de "bien" y "mal" es todavía concebible.
Pero todavía más, la desilusión de Sade frente a los valores occidentales, ¿no es una consecuencia de esos mismos valores? Si tal desilusión existió fue más que nada porque la realidad fue vista desde la óptica de un moralista. Al "divino marqués" le horrorizó la distancia entre los valores que pregonaba la iglesia católica y la forma en que se manejaba la jerarquía eclesiástica; le horrorizó la retórica de los revolucionarios y sus ideales al contraponerlos a la guillotina. Frente a una moral que se le presentaba como falsa había dos salidas: una era convertirse en un santo, en un reformador. Otra, revertir los valores y proponer una moral "verdadera", reflejo de la mente de un moralista frente a un espejo.
Sade es el espejo de Rosseau; o mejor todavía: de Lutero.
Recuerdo que uno de los personajes de las novelas sadianas justifica su prostitución diciendo que ella al menos vende su cuerpo por dinero, para sobrevivir, mientras otras utilizan su cuerpo para satisfacer un placer animal. Semejante razonamiento sólo puede ser comparado con los irritantes comentarios de San Pablo: el cuerpo visto como algo impuro, el placer concebido como algo sucio... Claro, Sade también exploró la dimensión del placer al edificar su filosofía. Pero el placer de Sade es solipsista: es el placer que se deriva de la dominación del placer. Su "erotismo", si henmos de llamarlo así, es una imagen moralista, ilustrada y racionalista.
Moralista porque lo importante en todas sus preocupaciones es la moral: la instauración de una moral vista como reverso de la cristiana, pero imposible de entender sin ésta. A Sade más que el placer le interesa utilizar el placer como base para una moral donde quede justificada la existencia del mal, que, como para San Pablo y para Lutero, es sinónimo de cuerpo.
Ilustrado porque su moral no siguió a los ejercicios heréticos de los gnósticos. El tiempo de la herejía ya había pasado y los opulentos sueños -árboles llenos de imágenes: imagenes hermanas del cosmos- propios del gnosticismo fueron sustituidos en Sade por la imagen simétrica de un universo frío y "justo". La imagen de la Ilustración, la de un universo deshabitado donde la materia es lo único real; donde el orden universal se convierte en un mecanismo.
Racionalista, finalmente, porque su búsqueda siempre fue a través de la razón. Lejos de él los poderes intuitivos de la sangre y el deseo, lejos de él la exuberancia de la poesía o de la mística. Su método fue la exploración ordenada de una premisa que llevó a su última consecuencia.
Se ha dicho que nuestro mundo es fruto del romanticismo. Es un error. El romanticismo precisamente fue una supresión de la moral en pos de la experiencia y el cuerpo. Kierkegaard mismo señala que Dios es duda y deseo, no moral ni sistema.
El romanticismo tiene diferentes facetas: desde la personal contemplación del universo hasta la salvaje actitud del que crea a los mundos. El mundo moderno, la sociedad moderna, no es fruto del romanticismo, sino de la Ilustración. Los impulsos románticos no son sino una fiebre que de vez en vez ataca a su cuerpo con poemas, cuadros, obras de teatro, cantatas... La verdad del mundo moderno es que no cree en el alma sino en la máquina; no cree en las hadas sino en la carrera al espacio que encarna en los ovnis; desconfía del deseo, pero recurre a la higiene sexual. No cree en la poesía, sino en Sade.
viernes, 1 de enero de 2010
Retorno a los elementos (Cioran)
Los héroes de cualquier época no son menos desdichados que los de Homero y, si han llegado a ser personajes, es que han disminuido de aliento y de grandeza. ¿Cómo podrían los resultados de la ciencia cambiar la posición metafísica del hombre? Y ¿qué representan los sondeos en la materia, los atisbos y los frutos del análisis junto a los himnos védicos y a esas tristezas de la aurora histórica deslizadas en la poesía anónima?
Mientras que las decadencias más elocuentes no nos elevan más sobre la desdicha que los balbuceos de un pastor, y que a fin de cuentas hay más sabiduría en la risotada de un idiota que en la investigación de los laboratorios, ¿no es entonces locura perseguir la verdad por los caminos del tiempo o en los libros? Lao-tzé, reducido a unas cuantas lecturas, no es más ingenuo que nosotros, que lo hemos leído todo. La profundidad es independiente del saber. Traducimos a otros planos las revelaciones de las edades pasadas, o explotamos las intuiciones originales con las últimas adquisiciones del pensamiento. Así, Hegel es un Heráclito que ha leído a Kant; y nuestro Hastío, un eleatismo afectivo, la ficción de la diversidad desenmascarada y revelada al corazón...
La pasión y el mito; Cien años de soledad (3)
Bien, se puede decir que sí hay historia en Cien años de soledad, incluso que existe un espacio definido. Lo acepto, pero con reservas; aunque hay eventos “históricos” y espacios en la novela, éstos nunca se definen del todo; pueden ser cualquier tiempo y cualquier lugar. La irrupción de la historia en el mito es necesaria porque el nuestro es un tiempo histórico, pero la temporalidad de la novela se cierra sobre sí misma; se pertenece y, paradójicamente, nos pertenece a todos. Incluso el trópico salvaje y selvático donde la historia se realiza es desde el principio un arquetipo; el jardín del Edén. No quiero decir con esto que no sea posible establecer un lugar –e incluso un tiempo- en el que se desarrolla la novela (el mismo García Márquez dice que es
Como ya señalé anteriormente, el tiempo del mito se recrea a cada instante; es un tiempo circular. Todo el pensamiento mágico de las culturas animistas está estructurado en esta idea del universo. Me parece que esta noción no es menos natural que la del tiempo lineal; si nuestro conocimiento de la muerte nos marca una linealidad, un constante acercarnos al final, el mundo se nos presenta como un ciclo. Las estaciones se suceden cada año; aquello que murió, vuelve a aparecer; el mundo nace y muere a cada instante. Y aquello se presenta siempre como otro; sólo en tanto se aísla, desaparece; todo es uno. El pensamiento debe lidiar con estas percepciones encontradas. ¿La conciliación? La mística. Para el mito animista, todo es siempre uno; todo nace a cada momento por medio de la palabra; las religiones orientales aceptan la muerte, pero advierten que el hombre habrá de renacer como otro; al final, reconocen la unidad del todo, el mundo es ilusión. Para el cristianismo, que supuestamente refuta el tiempo circular, el mundo se dirige hacia un fin; la redención. Pero, ¿qué es
En las páginas de Cien años de soledad se nos advierte constantemente que la vida parece moverse en círculos; aquello que sucedió es lo que habrá de suceder. Cada nueva generación de la estirpe repite la historia. Sin embargo, es importante hacer notar que ese tiempo cíclico no repite exactamente el pasado; lo recrea. El tiempo siempre es el mismo, pero es también otro. El mundo de Cien años de soledad concilia el tiempo cíclico con el tiempo lineal; ambas percepciones naturales se enfrentan sin negarse. Esta armonía permite que en un mundo mítico se haga presente la historia. Porque, ya lo expliqué anteriormente, la mitología que García Márquez recrea es la del hombre que está inmerso en el tiempo; el fruto de ese hombre es la historia. El protagonista de ese mito es el hombre como pasión; los arquetipos son los mismos que los que han aparecido a lo largo de los tiempos, pero la representación es otra.
Esto último debido a que en Cien años de soledad el protagonista esencial es el hombre; el mito se convierte en pasión y la pasión se torna mito. Porque, debo de repetirlo, los personajes de la novela son signos del hombre, pero no alegorías; son nuestros iguales. En ese mundo (que es y no es el nuestro) todo hecho sobrenatural parece ausente porque todo nace de los hombres; son sus pasiones las que hacen que los sacerdotes leviten, que la enfermedad del insomnio asole poblaciones, que se funden prostíbulos imaginarios… El mundo ha nacido y el hombre tiene una mirada niña que todo lo descubre con asombro. Lo repito; el hombre es el protagonista de la epopeya de Cien años de soledad; la suya es una búsqueda por el camino de las pasiones.
La grandiosidad de la novela está dada por su carácter mítico, por anclarse en arquetipo, por convertir a sus personajes en símbolos y no en alegorías. Nadie puede negar que Úrsula, José Arcadio, Aureliano o Pilar Ternera tienen una existencia concreta; nada se esconde detrás de su realidad; son todos por ser siempre ellos mismos. Porque el mito no se descifra, no quiere decir; todo está contenido ya en él. Muy bien, es posible analizarlo, pero su esencia última está más allá; en la intuición que tenemos de él, en su realidad única, humana. La escritura única que presenta Cien años de soledad –más próxima al discurso de la poesía y del mito que al de la novela- es un hito en la narrativa moderna porque crea un mito; muestra que el mundo puede ser creado nuevamente, mejor dicho, re-creado; el universo nace y todo nace con él, con las palabras y las pasiones del mito. Nada más alejado de esta noción que la narrativa postmoderna que ve en todo una alegoría que debe ser descifrada; su aparente espíritu lúdico no es más que una aburrida solemnidad en donde el mundo ha sido escrito y debe ser reinterpretado por una inteligencia lógica. El lenguaje de García Márquez es el del niño, el del primitivo que se encuentra ante el portento del mundo; ahí radica su poderío; no cuestiona lo que sucede en el universo, lo cuenta. Ese universo que es palabra desnuda y naciente; mirada de niño y Adán sumergido en el agua de la creación. No hay nada que interpretar; todo esta ya ahí, para sentirlo. El mundo contenido en Cien años de soledad en verdad existe porque está aquí, en cualquier parte.
Esa profunda realidad, humanidad, de los personajes (no estoy seguro de llamarlos con ese nombre) viene de sus pasiones. Sí, el camino de los seres humanos es el de los ímpetus; sólo esos instantes nos permiten descubrirlos. Sin embargo, ¿cuál es la culminación de la odisea que atraviesa la estirpe Buendía, su Ítaca? Ya lo apunté; todo lo narrado no es sino la búsqueda de aquello que les está vedado; el descubrimiento del otro, el amor.
Antes dije que la aventura a través de las pasiones había sido infructuosa. No es así; al final la estirpe conoce el amor. Cuando Aureliano Babilonia reencuentra a Amaranta Úrsula revive la pareja original; el mito del eterno retorno. Pero esta vez se trata de una pareja sin pecado, sin culpa, porque la maldición ha desaparecido; después de cien años de soledad nace el primer hijo concebido con amor. Curiosamente el único testigo de este amor es Pilar Ternera. Uno de los momentos más emotivos de toda la novela es cuando Aureliano llora en el regazo de la vieja matrona “el llanto más antiguo de la historia del hombre”, aquel llanto de ignorancia ante la única barrera donde ni la fantasía más desaforada puede penetrar; la del ser amado; aquél que se reconoce como otro porque ha perdido su máscara; se ha creído en su realidad. Y ese llanto marca el inicio de la pasión final; el canto de cisne, el fin de los tiempos. Después se sobrevendrá el magnífico apasionamiento de los amantes; en unas cuantas páginas se nos narra toda un viaje a través de la inocencia original que la estirpe ha redescubierto. Después aparece el fruto de ese amor; el primer hijo de la estirpe nacido del amor. Pero la palabra ya ha hablado; ese nacimiento que habría de reiniciar el ciclo de la vida es en realidad su final; la bestia legendaria, el niño con cola de puerco.
Cuando Amaranta Úrsula muere, el fin ya está escrito irrevocablemente; Aureliano se pierde entre las desoladas calles de Macondo y descubre nuevamente su soledad. Una soledad todavía más amarga pues sobreviene después del descubrimiento de aquello otro; el amor. Cuando el huérfano regresa a la mansión de los Buendía encuentra a su hijo devorado por las hormigas; la profecía se ha cumplido; “el primero de la estirpe está atado a un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas”. La novela –los papeles escritos por Melquíades- comienza a leerse a sí misma; la revelación se da porque es el fin de los tiempos. Pero una revelación de esa magnitud sólo puede culminar con el fin de las emociones, por tanto, el fin de la estirpe nacida de esas mismas emociones; los Buendía; el género humano.
Recordando el final de la maravillosa novela de García Márquez no puedo sino estremecerme con la última frase; “…porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. Esta frase lapidaria marca el fin de la dinastía de los Buendía, pero también se transforma en símbolo del destino humano. El tiempo verbal de esta frase nuevamente aparece en copretérito; es el pasado que no acaba de cumplirse; todos estamos desapareciendo. Los hombres estamos destinados a una vida de soledad; el amor es un imposible, un imposible que sólo nace por el milagro de la aparición del otro, de aquel imprevisto, pero que nunca hemos dejado de esperar. Ese es el desamparo y la gloria de haber nacido; vivimos sólo por aquel instante donde el mundo nace y se destruye en un momento, donde este tiempo es ya todos los tiempos. Ese instante en el que el mundo cobra sentido porque está de nuevo ahí, brillando en la luz pura del primer día.
