jueves, 10 de diciembre de 2009

La pasión y el mito; Cien años de soledad (1)

¿Qué es lo que reconocemos en la vida de un hombre, de cualquier hombre? La existencia es siempre un desconocerse, una continua demora; la vida de cualquier hombre es la incertidumbre, la pasión que se hace posible. Todo hombre es en sí mismo único; la forma en que vive su pasión es irrepetible. Es precisamente eso, la pasión, la que le permite reconocer en otro su propio ser; en tanto reconoce en ese otro a un enigma se mira en él. No encuentra en el otro una simple imagen o un espejo; ese otro está siempre más allá y, sin embargo, sólo a través de él, de su mirada, es que existe. Cualquier ser humano se convierte, en tanto volcamos la mirada en su verdadero rostro, en enigma y signo; luz y sombra; laberinto y agua de vida.

Se señala que el paso de la epopeya a la novela marca el ocaso del símbolo y el nacimiento del individuo; el hombre se sabe único y reconoce, necesariamente, su soledad en el mundo. Es por ello que los héroes novelescos sólo encarnan, en tanto individuos, su propia historia. El hombre como símbolo de la colectividad, como forma de su destino, ha desaparecido; acaso lo que podemos reconocer en el personaje novelesco es su soledad, su búsqueda.

Me permito disentir. Si bien es cierto que el hombre que aparece en la novela es siempre, por fuerza, un individuo (un personaje puramente alegórico resultaría poco verosímil y hasta molesto), este individuo deviene también signo; su destino es ya el de todos los hombres. Su búsqueda es la de todos los hombres; una búsqueda a ciegas en la soledad del mundo; un camino que se cumple siempre a través del ser humano, la búsqueda del rostro soñado, la pasión, lo desconocido. Y es por las emociones de cada hombre que podemos reconocernos en el personaje novelesco; su individualidad es única y, por tanto, es la de nosotros mismos; es un símbolo, sí, mas no una alegoría; lo que vemos en él es al desconocido, nuestro propio rostro. Cuando ese rostro se hace visible no se conoce del todo, de otro modo desaparecería como rostro humano, sino que se devela, se intuye, en la perfección del instante.

Cuando un hombre puede reconocerse en un poema es debido a que aquello que le muestra ya estaba en él; la poesía no crea, devela. Y aquello que aparece con el poema siempre parece nacer; se crea a cada nuevo instante. Pero, atención, el poema lírico es siempre personal; un poeta escribe siempre para sí porque sólo puede hablar desde sí mismo; un lector recibe ese poema como si fuera escrito para él. La pasión se reconoce porque es única; aquel poema es para un hombre y para todos. Ezra Pound lo dice bellamente; “Escribo estas palabras para cuatro personas/ alguien más puede cazarlas al vuelo/ lo siento por ti, mundo, / tú no conoces a esas cuatro personas”. La palabra del poeta ya no le pertenece por completo; se ha convertido en palabra de sus lectores, de aquellos que se reconocen –y reconocen al mundo- en esas palabras; ya estaban en ellos. Y aquella palabra ya no es sólo de aquellos hombres sino de el universo todo; signo de la pasión humana.

Octavio Paz señala en El arco y la lira que existen novelas que no pueden leerse completamente como tales, sino que son poemas en tanto son signos del hombre; signos y rostros del otro. Yo, ya lo sugerí anteriormente, opino que toda novela, toda obra artística que merezca ser llamada de ese modo, es un símbolo del ser humano. Una obra de arte sin pasión sería inconcebible porque no habría forma de acercarnos a ella; sería una forma vacía, una edificación matemática y ajena; más aún; esa pasión que el arte devela es humana –de todos- porque el artista es también un hombre; todos somos habitados.

Cuando la poesía y la labor narrativa son indistinguibles, cuando el mundo del relato es indistinguible del mundo de las emociones cotidianas, las barreras entre ficción y realidad se rompen; entramos a territorios del mito. Y ese carácter mítico de algunas narraciones (y de la poesía), acerca su discurso al de la religión; una religión laica, o en todo caso, ajena a las reglas de una iglesia establecida, una mística del hombre redescubierto. Y la forma que adopta esa narrativa –esa novela que puede ser escrita por Faulkner, por Guimaraes Rosa, por Kawabata- es cercana a la epopeya; la escritura es símbolo del destino humano, el universo es mística de un dios desconocido. Una epopeya que, de cualquier modo, no es la misma que la de los griegos; su mundo ya no es aquél, sino el del individuo y el de la búsqueda. Sin embargo, si bien el mundo del mito ya no existe, sí siguen subsistiendo los hijos de esos mitos, sus hijos profanos; los arquetipos, las emociones, el hombre.

Y es que el mito, su más profundo sustrato, está presente en toda obra humana; sus arquetipos residen en su naturaleza. No es extraño, pues, que una obra como Cien años de soledad pueda leerse como la resignificación del mito; no el mito griego, otro, aquél que nace con la pasión, el de la vida del hombre.

Las palabras con que esta novela arranca están marcadas por la pasión; la narración nos pone, de repente, frente a un hombre, un hombre que se encuentra frente a su destino. Todavía hay más, el pensamiento de ese hombre, el coronel Aureliano Buendía, no se encuentra en su presente, sino en un pasado remoto, en su niñez. Los tiempos están confundidos. No hay en la novela un presente, sino un pasado que siempre se renueva, un mundo que vive como espejo de sí mismo, como representación de la palabra que se repite en las pasiones de los personajes.

El narrador habla en un tiempo ajeno, casi puede decirse que profético. Me explicaré; el espacio desde el que se narra pareciera no encontrarse en parte alguna de la novela, como si la historia sucediera de un mundo ajeno. Me atrevería a decir que la palabra se transforma en el dios de ese universo. En la novela canónica, el tiempo de la narración es el pasado. Esto es natural; el lector precisa que se le cuente algo que ya ha ocurrido, no lo que está sucediendo ni lo que habrá de suceder. Aunque Cien años de soledad sigue esta exigencia, el pasado no está completamente determinado; las frases iniciales están escritas en copretérito; un pasado que no acaba de realizarse, que está sucediendo. Cuando el narrador empieza a usar el pretérito perfecto, el tiempo de la narración nunca se establece; pareciera que se habla del mundo en su origen mismo; el nacimiento de la creación.

Recordemos que el origen mítico de las sociedades animistas se ubica en un pasado arquetípico, el mundo fuera del tiempo. Cada vez que el relato es dicho, el mundo renace; su tiempo es el presente porque se recrea a través de la palabra. La palabra es una con el mundo; nace al universo. En el mito primitivo, el pasado no está fuera del hombre; sucede a cada instante. El tiempo es ciclo que se repite sin fin.

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